Los griegos consideraban como presagio de muerte el que una
persona soñase que se estaba viendo reflejada en las aguas de un río. Temían
que los espíritus de las aguas pudieran arrastrar la imagen reflejada de la
persona, o alma, bajo el agua, dejándola así “desalmada” y lista para morir.1
En la Grecia antigua, si se había supuesto erróneamente que un
hombre ausente había muerto y se le habían hecho los ritos fúnebres, a su vuelta
era tratado como muerto para la sociedad hasta que hubiera pasado por la
ceremonia de nacer otra vez. Le hacían pasar por la entrepierna de una mujer y
después le lavaban y vestían con mantillas y le entregaban a una nodriza. Hasta
que no se ejecutaba con todo detalle la ceremonia, no podía relacionarse
libremente con al gente. 2